No existe ningún
padre o madre que no haya dicho alguna vez que lo único que desea para sus
hijos es la felicidad. Todo el mundo la desea. Lo que nadie tiene claro es qué
entendernos por felicidad, si es que alguna vez nos hemos tornado la molestia
de pensar en ello, y, tampoco si proponerse conseguirla es un objetivo sensato.
Con la felicidad pasa algo similar a lo que ocurre con la libertad: se
identifica con hacer lo que cada cual desea en cada instante sin ningún tipo de restricciones. En
parte, la libertad sí que es eso, poder actuar sin interferencias externas.
Pero, ¿y la felicidad? Equivale al jouir sans entraves del Mayo del 68,
a satisfacer cualquier deseo, sean cuales sean las consecuencias?, ¿O la
moderación de los deseos es, como decían los estoicos, un aspecto importante de
la misma felicidad? ¿Está relacionada la felicidad con la voluntad de dar un
sentido, una dirección o una finalidad a la vida?. Si es así, desear la felicidad
de los hijos; no significa también enseñarles a vivir con algún propósito que
dé sentido a sus vidas?
Efectivamente, el
problema es poder determinar cuáles son las preferencias y los objetivos prioritarios
de la vida de cada persona. Es un problema muy antiguo. De una manera u
otra lo han tratado casi todos los filósofos que intentaron
definir con cierta precisión la felicidad. Los griegos, por ejemplo,
pensaban que no era motivo de discusión si la felicidad era o no la finalidad
de la vida humana. Sí debía serlo, en cambio, la forma de vida
que pudiera hacernos más felices. Porque la tendencia general es
identificar la felicidad con cosas que, lejos de producir bienestar, irás bien
son un obstáculo para la tranquilidad, la armonía y la integridad
de la persona. Aristóteles decía claramenteque la mayoría de hombres se
equivoca cuando sitúa la felicidad en el éxito personal, la riqueza o el honor.
Se equivocan porque todos estos objetivos son efímeros, demasiado materiales y
nos obligan a vivir con un constante temor a perderlos. La ética
aristotélica se propone explicar que sólo intentando vivir
moralmente y como es debido se puede ser feliz. Según el filósofo, nadie será
feliz abandonándose al vicio, sino cultivando la virtud, que
quiere decir siendo una buena persona.
Sin embargo, los
conceptos de vicio y de virtud quedan un poco lejos de nuestro lenguaje actual
y, son, por tanto, difíciles tanto de entender como de aplicar. Hoy por hoy la
felicidad parece consistir en pasárselo bien ininterrumpidamente, con el placer
continuo que proporciona, por ejemplo, comprar cosas sin descanso. Tal y como
ha escrito Rafael Argullol, nos domina «el fascismo de la posesión
inmediata», que promueve la economía de consumo. La pasión por tenerlo todo
es la raíz de muchas de las actitudes y comportamientos que después lamentamos,
pues la vida está llena de frustraciones y adversidades que la mayoría de las
veces son incontrolables. En cualquier caso, la felicidad no puede ser mucho
más que una esperanza no satisfecha, pero sostenida, de que ciertos objetivos
se podrán alcanzar. Objetivos no tan perecederos como comprar un coche o viajar
a la Patagonia. Seguramente, ser feliz no es otra cosa que mantener una cierta
esperanza de felicidad.
Así, lo que hay que
hacer es encontrar la manera de no perder la esperanza y no dejar que se desvanezca
definitivamente. Descubrir qué bienes, qué preferencias pueden generar unas expectativas
duraderas una vez se hayan obtenido. Tal vez debería definirse la felicidad
como la capacidad de superar el tedio vital, el aburrimiento esencial,
impidiendo que invada nuestras vidas de un modo irreversible. Las ofertas del
mercado para saciar el anhelo (le felicidad son infinitas, pero no sirven ni
para mantener viva la esperanza ni para combatir el aburrimiento. Más bien lo
fomentan.
Es conocida la
sensación de impotencia que tienen muchos educadores-padres o maestrosante la
fuerza poderosa de la publicidad, la televisión y el sinfín de ofertas en
general para orientar la existencia. Todo conspira en contra de los valores cíe
la contención y, el autodominio que parece que tendrían que ser la base de la
buena educación y también del anhelo de felicidad duradera. Pero la fuerza del
consueno es irresistible y nadie escapa, ni niños ni adultos, a su seducción.
Al contrario, son los adultos, precisamente, los que responden a las encuestas
que preguntan por el nivel de felicidad de las personas con unos resultados,
como mínenlo, paradójicos. En general, nadie declara abiertamente que no está
satisfecho con su vida y que es desgraciado. Sin embargo, todo el mundo se declara
insatisfecho con muchas cíe las cosas que le rodean. La gente se queja del
trabajo, de la familia, de los vecinos, de la ciudad en que vive, de las
condiciones de vida en general. Y lo curioso es que esta paradoja afecta más a
los países cuyos habitantes gozan de un nivel de renta alta. Los más pobres
tienen aspiraciones menores, el listón del bienestar se sitúa a un nivel más
bien bajo, con poco están satisfechos. Lo cual no significa, en modo alguno,
que haya que reducir las aspiraciones, sino que no hay una equivalencia calara
entre el desarrollo económico y la sensación de estar bien y ser feliz. Es en
las sociedades desarrolladas y opulentas donde los psicólogos tienen más
trabajo, las familias se desestructuran con más facilidad, hay más suicidios y
depresiones y las aspiraciones humanas son más materiales y efímeras. Síntomas
todos ellos de que las personas no viven contentas, no son felices.
VALORES MATERIALES E
INMATERIALES
Seguramente, el
sentimiento de insatisfacción tiene diversas explicaciones. Una bastante obvia
es que, en las sociedades opulentas, la vida se puede llenar de muchas maneras.
Y cuando se pueden hacer y esperar muchas cosas, las posibilidades de sentir
insatisfacción y frustración también aumentan. El filósofo José Antonio Marina
ha dicho que vivimos en una cultura caracterizada por «la incentivación
continua del deseo». La publicidad fomenta el capricho y su
satisfacción inmediata: «Compra hoy, y paga mañana», «¿A que esperas»,
«Porque te lo mereces», «Porque tu lo vales». Todos los mensajes incitan a
darle cuerda a los deseos creados por los propios mensajes. Pero no se ofrece
nada capaz de superar un tedio que, no sin cierta pedantería, se me ocurre
calificar como «existencial». Nada de lo que se anuncia lleva a sostener la
esperanza de acabar teniendo una vida satisfactoria. Los deseos que se
incentivan son de satisfacción inmediata y por tanto, a largo plazo, son
decepcionantes.
Esto es así
probablemente porque lo que desea la mayoría es lo que se puede tener y no lo que
se puede ser. Lo explicó ya hace algunos años Erich Fromm en un libro que no
debería pasar de moda, titulado ¿Tener o ser?: El afán por tener cosas,
por acumularlas, desplaza el afán de llegar a ser una persona capaz de mantener
la propia autoestima a pesar de los inevitables desengaños. Al contrario, hoy
en día resulta difícil entender qué quiere decir «una vida exitosa» si no se
identifica con la farra v la riqueza. Los bienes materiales son un fin en sí
mismos y no una condición, necesaria pero insuficiente, para vivir bien en el
sentido más pleno de la palabra. Los bienes inmateriales, que eran los que,
según los clásicos, nutrían el espíritu y la vida buena, no constituyen una
oferta atractiva. A nadie se le ocurre recomendar el cultivo de la amistad, la
solidaridad o la entrega a los demás. Son valores que ni se compran ni se
venden pero, en cambio, son los que se echan de menos. Hasta el punto de que,
según se desprende de los estudios realizados sobre las preferencias
valorativas de los jóvenes, se detecta en todos ellos, en los últimos años, una
tendencia a preferir los valores inmateriales en lugar de los más materiales.
Es decir, que son valores teóricamente reconocidos y apreciados, pero casi
imposibles de obtener y mantener. La amistad, las relaciones familiares, la
amabilidad o la simpatía parecen estar reñidos con la dinámica de tener cosas,
de consumir y de competir.
En pocas palabras,
habría que volver al sentido original del vocablo griego que hemos acabado
traduciendo como felicidad. El término utilizado por Platón o Aristóteles era eudaimonía
que, literalmente, se refería al ideal de una «vida humana completa».
Otro filósofo moderno que reflexionó mucho sobre el sentido de la felicidad,
John Stuart Mill, sintetizó los (los sentidos, moderno y antiguo, de felicidad
en este párrafo: «Pocas criaturas humanas consentirían pasar al estado de
uno de los animales más inferiores con la promesa de conseguir el placer
de las bestias [...] Un ser que tiene facultades superiores necesita
algo más para ser feliz, seguramente es capaz de soportar un sufrimiento
irás agudo, y ciertamente es más susceptible de padecer que un ser (le
categoría inferior; pero a pesar de estas posibilidades, nunca podrá
desear, de verdad, caer- en lo que representa para él un nivel de
existencia más bajo».
El caso es que los
valores materiales e inmateriales no tienen por qué ser incompatibles, entre otras
razones porque la pobreza y la falta de bienes nunca han supuesto una condición
para la felicidad. La idea del pobre feliz y satisfecho, que no desea nada
porque no puede adquirirlo es absurda en un inundo tan comunicado como el
nuestro, en el que la televisión llega a cualquier parte y enseña todo a todos,
provocando que las necesidades se multipliquen. «Primero hay que comer y después
hablar de moral», escribió Bertolt Brecht. :a quien no tiene las necesidades
básicas cubiertas no se le puede exigir que sea una buena persona, así de
evidente. Es un disparate demonizar la economía capitalista y adoptar actitudes
radicales o antisistema con el argumento de que la economía capitalista nos
fuerza a vivir en un círculo vicioso: producir para consumir y consumir para
continuar produciendo. Es cierto que es un círculo vicioso, pero no hemos
encontrado otra alternativa que funcione mejor. En consecuencia, tenemos que
aprender a conjurar los peligros y corregir las disfunciones derivadas de la
soberanía económica. El ataque al consumismo es tan antiguo como lo es la
sociedad mercantil y sólo expresa la ambivalencia de quien no ve la manera de
compaginar el progreso material y el espiritual. Pero no se trata de una
empresa imposible. No es imposible inculcar en las personas unos ideales que
vayan más allá de los parámetros mercantilistas. Sin ninguna intervención ele
índole moral, el tipo de persona que configura la sociedad actual es el «hombre
consumista». Y lo que tenemos claro, si nos detenernos a pensarlo, es que el
consumo y el bienestar identificado
únicamente con adquirir cosas no equivalen a la felicidad. La felicidad es algo
más que la capacidad de comprar.
La identificación de
la felicidad con el bienestar o el placer estrictamente material ha llevado a muchas
religiones e ideologías a prescindir de la felicidad corno finalidad de la vida
humana. En cualquier caso, nos dicen, la felicidad se encontrará en otra vida,
no en ésta. Sin ir más lejos, la religión cristiana califica esta vida como un
valle de lágrimas, un continuo de tribulaciones y sufrimientos ineludibles que
hay que aceptar tal como vienen, con resignación v con mucha paciencia.
Ciertamente, es una
opción destinada a limitar expectativas que no podrán ser nunca satisfechas por
completo. En este sentido, puede resultar aleccionador el mensaje que nos
dejaron los estoicos y que posteriormente fue interpretado e incorporado al
cristianismo. O el mensaje de Epicuro, filósofo hedonista que, como tal, creía
que el placer era el objetivo de la vida humana, pero, a la vez, proponía una
curiosa definición de este placer. Los estoicos creían que la única manera
sensata de vivir para poder alcanzar la felicidad era la que consistía en
despreciar todo aquello que no depende de nosotros mismos. Por ejemplo, no
depende de nosotros vivir eternamente, detener el envejecimiento o tener una
salud de hierro. Por tanto, aprendamos a no preocuparnos por la muerte, ni por
el deteriora miento del cuerpo, prescindamos y dejemos de desear todo aquello
que no podemos cambiar ni comprar con todo el oro del inundo. Epicuro aún fue
más lejos en la propuesta de vivir con austeridad. Escribió cosas como ésta: «Lo
insaciable no es el estómago, sino la falsa creencia de que el estómago necesita
hartarse».
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