En algunos lugares de la Tierra se rompió hace días la barrera de las
400 ppm (partes por millón) de CO2, lo que puede conducir a desastres
socio-ambientales de gran magnitud. Si no hacemos nada consistente,
podremos conocer días tenebrosos. No es que no se pueda hacer nada más.
Si no podemos detener la rueda, podemos sin embargo reducir su
velocidad. Podemos y debemos adaptarnos a los cambios y organizarnos
para mitigar los efectos perjudiciales. Ahora se trata de vivir con
radicalidad las cuatro erres: reducir, reutilizar, reciclar y
reabastecer.
Necesitamos una orientación ética que nos ayude a alinear nuestras
prácticas para superar la crisis actual. En este cuadro dramático, ¿cómo
fundar un discurso ético mínimamente coherente que valga para todos?
Hasta ahora, las éticas y las morales se basaban en las culturas
regionales. Hoy, en la fase planetaria de la especie humana, debemos
restablecer la ética a partir de algo que sea común a todos y que todos
podamos entender y realizar.
Mirando hacia atrás, hemos identificado dos fuentes que guiaron, y aún
guían, ética y moralmente las sociedades hasta hoy: la religión y la
razón.








